Una extraña historia de amor

Hoy he terminado pronto las clases, y me voy a ir a comer a casa de mi tío. Hace tiempo que no nos vemos y seguro que me invita, porque ando tiesa de pasta, bueno,  como de costumbre. Así aprovecho para hacerle un poco la pelota. Después de la pelotera que tuvo mi madre con Anabel, su pareja, no están las cosas muy bien y esto no me parece el escenario más adecuado para mis intereses a la hora de heredar.

Mientras caminaba hacia su casa, venía pensando lo raros que son los dos y la extraña relación que tienen. Se conocieron en una regata hace casi 40 años. A los dos le apasiona el mar. Mi tío Gonzalo  es ingeniero de caminos que como dice mi amigo Alberto, el mundo funciona a pesar de los ingenieros, (y eso que él está estudiando una ingeniería) y Anabel, su pareja, es músico, para más señas, directora de orquesta. Vamos que se han juntado el hambre con las ganas de comer. Los músicos están todos como regaderas y los ingenieros se piensan que el mundo gira a su alrededor. Valiente mezcla de personalidades, los dos  están tarados.  A veces pienso que ambos tienen síndrome de Diógenes o Asperger o alguna cosa rara de esas, porque Anabel almacena trastos sin sentido por toda la casa, a pesar de vivir en un chalet enorme. Eso sí, les une su pasión por la navegación y por la música, que ya es bastante.

Antes mi tío Gonzalo y Anabel, venían a menudo a comer a casa, y parecía hasta que nos caíamos bien y todo, hasta que un día estalló todo por los aires y se lió parda. Mi madre le dijo que no volviera a aparecer nunca más por nuestra casa con esa tarada, que no la podía soportar y le  que le hacía sentirse incómoda. – “Y tú estás cada vez más raro, más desquiciado, no te enteras de nada y vives en otro mundo”, – le dijo mi madre a grito pelado. Y la verdad es que raro sí, pero de narices!!. Recuerdo que este verano cuando me llevó a Galicia,  tenía un comportamiento extraño y peligroso; estaba muy irascible y paraba cada hora a dormir. Yo no se el tiempo que tardamos en llegar a su puñetero pueblo. Al principio no le dimos mucha importancia a sus rarezas, lo achacamos a su excentricidad, pero un día se le fue de las manos. Estaba especialmente extraño y hacía cosas muy raras: gestos incontrolados y frases inconexas. Hubo un momento en que  se desmayó en casa y perdió el conocimiento. Le llevamos al hospital a urgencias y cuando recuperó el conocimiento y le preguntaron que le pasaba él soltó a bocajarro: “mi novia me está envenenando”. Le encontraron en la sangre todo tipo de sustancias tóxicas: todas las que terminan en “an”: diacepan, loracepan y también las que terminan en “in”: tranquimazin, lexatin. Cuando mi madre se enteró de que el nivel en sangre de sustancias tóxicas es tan elevado, quiso poner una denuncia contra Anabel, pero mi tío se negó en redondo.

Para recuperarse de la intoxicación se vino a vivir una temporada con nosotros, y mi madre se puso en plan brasas para que abandonara a Anabel. Pero en cuanto se empezó a recuperar se veía con ella a escondidas, como si fueran adolescentes. Gonzalo no podía olvidarse de Anabel. Ella, para acaparar su atención se hacía la enferma, como si estuviera postrada en una silla de ruedas y es una puta mentira, porque Puri, la asistenta que compartimos, dice que la ve moverse por la casa cuando nadie la ve.

Cuando nos cansamos todos de jugar al escondite, mi tío volvió con Anabel y mi madre puso el grito en el cielo. Lo peor no fue que volviera con ella, lo peor es que se casaron en secreto, sin invitar a nadie de la familia, claro, no estaba el horno para bollos. En fin, un desastre, porque claro, yo el problema que veo es peligrar mi herencia, después de su boda.
Bueno estoy llegando al chalet de La Finca, la última adquisición de mi tío, por lo menos que me invite a comer y a ver si se estira y me da unos billetitos si le lloro un poco. 

Pero… ¿qué pasa? ¿hay una ambulancia en la puerta de mi tío está el Samur.
Salgo corriendo y me encuentro a mi tío postrado en el suelo y una llorosa Anabel sentada en la silla de ruedas con una mirada extraña.