Todo Va a Ir Bien

Hay una mariposa Monarca muerta en la acera de Ozona. La brisa se la lleva de allá para acá. Durante todo el día ha estado estrellándose contra mi parabrisas, dejando salpicaduras rosadas y doradas en el cristal. He visto a una de ellas que caía a plomo desde el cielo y chocaba contra el asfalto de la Highway 10 East. Debe ser la época en la que tienen que morir.

Angel Martín
Han llegado dos coches de policía. Los agentes bajan de los vehículos con las armas en las manos. Se parapetan tras las puertas abiertas. Me retiro de la ventana. En los ojos conservo aún la imagen de la Monarca en la acera. Miro a Violet, parece tranquila. Encañona con su Glock 43 a la dependienta. Se mantiene ajena a las luces destellantes de la policía y al ruido de la calle.
 
No había vuelto a ver una Monarca desde que estuvimos en México, hace 10 años, quizás algo más. El cielo estaba cubierto de ellas. Planeaban con sus grandes alas naranjas. Al atardecer se posaban a miles en los robles para dormir. Violet me contó que de niña coleccionaba mariposas. Su padre le trajo una Monarca de un viaje a la frontera. Venía en una cajita de cristal, sobre un fondo de terciopelo negro. Era su preferida.

 
 

Creo en los pensamientos, no puedo evitarlo. Las mariposas que se estrellan contra el parabrisas me parecían un mal presagio. Intenté convencerla durante los dos días que llevamos en Ozona, un pueblo tejano de mierda, como dice ella, preparando el trabajo. Fue inútil, sólo conseguí que se riera de mí. Ya sé que siempre tratas de esquivar a cualquier bichejo cuando conduces – me dice mirándome con esos ojos en los que cuando entras, ya no puedes salir – pero es el ciclo de la vida. Las Monarcas que no emigran mueren, como lo haremos todos algún día. No te preocupes, todo va a ir bien. Lo hemos hecho muchas veces antes.
 
Miro el reloj, son las 4 de la tarde. Hace 2 horas que la dependienta rubia activó la alarma. Fue un descuido. Yo rompía las vitrinas y metía las joyas en la bolsa- Violet amenazaba con la pistola a las dos dependientas. Sonó un teléfono. Los dos miramos. Yo arranqué el cable de un tirón. A la vez, la rubia se agachó y pulsó la alarma. Violet entró por detrás del mostrador, pisando los cristales rotos. Miró a la dependienta encogida en el suelo. Levantó la alarma. Tuve la sensación de que miles de mariposas ensangrentadas echaban a volar dentro de mi cerebro. Vomité. La policía tardó 5 minutos en llegar.
 
Vuelvo a la rendija de la ventana que no llega a tapar la cortina. Los veo prepararse. Comprueban las armas, preparan las máscaras, hablan por la radio. Van a entrar, le digo a Violet. En 10 minutos se acaba el plazo que fijaron para entregarnos. Se acerca y mira por la ventana. Sí, van a entrar, dice. Me hubiera gustado volver a México contigo y bañarnos una vez más por la noche, en aquella playa, le digo. Me mira. No va a poder ser, dice. ¿Qué hacemos con ella? Señala a la dependienta que está de pie, con los ojos clavados en el suelo. Solloza mientras aprieta un pequeño crucifijo de oro que lleva al cuello. Déjala, no tiene la culpa de nada, contesto. Vale. Comprueba el cargador de la Glock. Ya sabes lo que toca ahora. ¿Estás listo? Sí, lo estoy.
 
Después todo parece suceder muy despacio. Abrimos la puerta de la joyería. Salimos disparando hacia los coches patrulla. Apenas 15 segundos. El pelo largo y negro de Violet se congela en el aire mientras ella se desploma en la acera, con la blusa ensangrentada, muy cerca de la Monarca muerta. La miro, ni siquiera me duelen las balas, atravesándome el pecho. Caigo de bruces al suelo. Veo las botas negras de los policías acercándose.


Todas las mariposas de mi cerebro dejan de volar y caen a la vez al suelo. Tenías razón Violet, debe ser nuestra hora de morir. Todas las mariposas de mi cerebro dejan de volar y caen a la vez al suelo. Tenías razón Violet, debe ser nuestra hora de morir.
 
 
El origen del relato: Por Ángel Martín
 
Gloria, la profesora del taller de escritura creativa, nos pone de deberes, hacer un relato que empiece o termine por: «Hay una mariposa Monarca muerta en la acera de Ozona. La brisa se la lleva de allá para acá. Durante todo el día han estado estrellándose contra mi parabrisas, dejando salpicaduras rosadas y doradas en el cristal. He visto a una de ellas que caía a plomo desde el cielo y chocaba contra el asfalto de la Highway 10 East. Debe ser la época en el que tienen que morir»