No Sabes Freír un Huevo

No sabes ni freír un huevo, me repetía mi madre como si fuese un insulto, y lo que es peor, como si a mi me importara. Tampoco creo yo que haga falta estudiar una carrera o acudir a master chef, para algo tan simple como freír un huevo o, ya que te pones y calientas el aceite, mejor dos.

Quizás no sepa hacerlo  con puntilla o, como los huevos de Lucio que tienen nosecuantas estrellas Michelin y  los cobra como si fuera caviar iraní.
Abro la nevera y me saludan las telarañas… la nada. Dos yogures caducados, una lata de mejillones y un par de huevos. ¡Diooos, soy un desastre!. Siempre dejo la compra de supervivencia para el día siguiente y nunca me viene bien, sea cual sea el día siguiente. Voy corriendo a todos los lados y a veces me pregunto ¿por qué corro, si no me persigue nadie? A pesar de eso, nunca me da tiempo a nada. Bueno a nada de lo que no quiero, porque para lo que me mola ya me ocupo yo de sacar tiempo. 
Cojo la sartén a toda prisa, doy un empujón violento al gavetero donde guardo todas las sartenes, y pienso “para qué demonios tengo tantas sartenes si yo no cocino»…, salvo imponderables, claro, como ahora mismo que he tenido que venir a casa a cambiarme de zapatos. Los que me he puesto esta mañana que me hacían juego con la blusa, me están matando. Yo y mi obsesión de llevar conjuntado hasta las bragas.

Pongo el fuego a toda pastilla y vierto el aceite sin medida, a ojo pero generosamente para que cubra el huevo. Es así como creo que salen más ricos. Ahh, y es súper importante que el aceite esté bien caliente, a tope. 
Mientras se calienta el aceite salgo corriendo, sí, corriendo, como siempre, al vestidor;  lanzo los stilettos color caramelo y busco desesperadamente los rojos… ¿en qué caja guardé los stilettos rojos? Tengo que acordarme de poner etiquetas a mis cajas de zapatos, si no termino organizando un caos de  en el vestidor, que parece que ha caído una bomba nuclear. Pienso en los pocos recursos que tengo para la cocina, definitivamente no es mi fuerte. Recuerdo el tiempo que estuve viviendo con Pablo, que era capaz de inventar un plato delicioso a pesar de que en el frigorífico no había más que un trozo de lechuga, un paquete de jamón y alguna lata. Cenábamos opíparamente con los restos que encontraba, ¡menudo crack! lástima que me dejara por otra. Seguro que la otra cocinaba mejor que yo, aunque para eso no hace falta esforzarse mucho.

Encontré los zapatos rojos! Menos mal, no sé qué demonios pintan los zapatos rojos en la caja de una sandalias verdes… en fin creo que no sólo tengo un problema con la cocina, quizás también tenga que hacerme mirar lo del orden. El aceite ya debe estar caliente, es más parece que huele… no, si encima se me quemará el aceite y arderá la sartén. Buahh qué coñazo es esto de la cocina. Salgo corriendo con los tacones rojos. El aceite ya está a punto y echa humo. No me he quitado la blusa y no me puedo manchar; tengo una reunión en una hora y el colmo sería llegar a la reunión con el cliente con una mancha de aceite en la blusa. Qué poco glamour y, lo que es peor aún, cómo me iba a confiar la gestión de su patrimonio si llevo un lámpara de aceite.¡ Qué estrés! Retiro el aceite del fuego, me voy corriendo al dormitorio, me quito la blusa, me pongo la primera camiseta que encuentro y salgo de nuevo corriendo a la cocina … parece que compito en una olimpiada. Desde luego estoy para verme; con una camiseta vieja, la falda negra de tubo y los tacones rojos. ¡¡con un par!! De huevos, eso sí. 

 

Pongo de nuevo el aceite en el fuego, pero ahora tengo que esperar un poco, porque no sale humo y creo que eso era lo importante del asunto de freír huevos, bueno, que le den, me da igual cómo esté el aceite. Abro la nevera, cojo el huevo y lo crujo contra el borde de la encimera. Dejo un hilo de clara en el camino hasta la sartén. Lo echo en el aceite caliente y empieza a hacer chup chup chup. Busco desesperadamente la paleta para echar aceite por encima de la yema y no la encuentro. También debo ponerme un día a ordenar los cajones. No hay nada en su sitio. Bueno qué más da, igual me vale con una cuchara. Le voy echando aceite por encima de la yema hasta que se cocina del todo.
Primera prueba superada, tampoco era tan difícil. Me vengo arriba y voy por el segundo huevo que ya está el aceite en su mejor punto. Vuelvo a romper la cáscara en la encimera, dejo otro rastro de clara por el camino y misma operación de freír con la cuchara. Cuando ya está a mi gusto, con su puntilla y todo, empieza una dura pelea para sacar los huevos al plato. Los huevos tienen patas y huyen de la cuchara que no se hace con ellos. Una y otra vez lo intento sin ningún éxito. Busco la paleta para sacar los putos huevos del aceite que ya están fritos de sobra y se está abrasando la yema. Cuando la paleta le da la gana aparecer ya es demasiado tarde y los huevos se han quemado.
¡¡¡A la mierda la cocina!!!