La Niebla

La inspectora Salazar se mostraba nerviosa, bastante más de lo que le hubiera gustado parecer, especialmente, de cara a sus compañeros. Dadas las circunstancias lo más importante era mantener la calma y eso era precisamente de lo que carecía. Daba vueltas alrededor de la mesa y miraba una y otra vez el corcho donde estaban colocadas las pistas que tenían hasta ahora… poca cosa. Repasaba cada detalle intentando encontraba un hilo del que tirar. El asunto le estaba produciendo más quebraderos de cabeza de los previstos.

Hacía más de una semana que Stephanie había desaparecido. Se había esfumando en la nada, tras una cortina de humo, como si de un truco de escapismo se tratara. Un humo denso y espeso, el mismo en el que se encontraba envuelta toda la ciudad. 

 
margarita rivas - la niebla

Su desaparición había producido un tremendo shock en la vida tranquila de los vecinos de Naskerville, como una bofetada inesperada.

     Desde su llegada al pueblecito como profesora titular, había hecho una vida discreta y sencilla, como se supone, corresponde a una profesora de educación infantil. Los niños estaban encantados con ella, incluida Marilyn la hija de la inspectora, que contaba a su mamá a la salida del colegio los juegos tan divertidos que hacían con Stephanie. Ahora permanecían a la espera de un profesor de sustitución, hasta ver si ella regresaba y por qué razón se había marchado sin avisar, después de un día de tutorías con varios papás.

Salazar no estaba viviendo sus mejores momentos. Los últimos  acontecimientos familiares la tenían desquiciada. La denuncia a su exmarido, también policía,  por malos tratos, con orden de alejamiento incluida, la habían puesto a los pies de los caballos ya que se trataba de un compañero. Había perdido credibilidad con su equipo y la visita de asuntos internos, era justo la guinda de un amargo pastel.

Miraba a través de la ventana, donde apenas se divisaba con claridad, el edificio que tenía enfrente. 

“Maldita niebla” – pensó -. Llevaban varios días peinando la zona con poco éxito,  consciente de lo complicado que se hacía la investigación con tan poca visibilidad. 
       No podía quedarse parada, estaba inquieta, tenía que hacer algo. De pronto sintió un impulso y cogió el coche tratando de  repetir el trayecto que, supuestamente, hizo Stephanie el día de su desaparición. 
Tras varios minutos conduciendo y en el momento en que la niebla, por fin, empezaba despejar, aparcó en la cuneta y decidió caminar hacia el lago, donde solía ir de niña a cazar ranas. 
La niebla había retirado su manto casi por completo. – ¿Qué es ese bulto que se divisaba a lo lejos?. Parecía un cuerpo tendido. Se acercó lentamente y allí muy cerca del lago, expuesto a la intemperie y perfectamente visible estaba el cuerpo Stephanie, con la ropa colocada y estirada cuidadosamente, los zapatos limpios a pesar del barro y las manos alineadas a lo largo cuerpo. Como si alguien la hubiera depositado con esmero. Salvo un detalle absolutamente macabro y espeluznante. El cuerpo sin vida de la víctima aparecía desprovisto de su cabeza.